
“Jesús les preguntó: ‘Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?’ ” (Mt 16,15)
La difusión de las noticias, con la velocidad de la luz, de la curiosidad, el escándalo o el miedo… nos hace hipersensibles a lo inmediato e indiferentes ante “las consecuencias” de un terremoto, un incendio, una guerra, un sicariato, la inflación, la hambruna o la corrupción, … por ejemplo. La noticia deja de ser noticia, cuando hay otro nuevo sobresalto, y las personas dejan de tener rostro cuando el sufrimiento se alarga.
Pero cuando una realidad “nos afecta” de manera directa y personal, nos toca el corazón o el bolsillo o nuestras metas… todo es diferente. Cuando estamos implicados en el suceso, la noticia se convierte en experiencia y ésta en un referente existencial.
Es lo que sucede -también- en la relación con las personas, que pueden ser invisibles o periféricas o significativas o decisivas, según el “vínculo” que hemos adquirido con palabras de amor, gestos de solidaridad, decisiones de por vida… o como acompañantes existenciales en el recorrido personal.
En “la relación con Jesús” no podemos quedarnos con los relatos culturales, ni con las opiniones de los demás, ni con los chismes religiosos, ni con las supersticiones acumuladas… No es suficiente con repetir lo que nos dijeron, actuar como nos exigen, pensar como nos imponen… Es necesaria la “implicación personal” con quien se acerca a nuestro encuentro, camina con nuestros pasos y alienta nuestros sueños.
Más que difundir nuestra opinión sobre Jesús, es necesario disfrutar y contagiar nuestro “vínculo personal” por haber sido perdonados, amados, servidos y enviados “por Él”. Eso nos acredita para perdonar, amar, servir y misionar “como Él”.
Por eso, me pregunto -en primera persona-: ¿He llegado a reconocer quién es Jesucristo para mí? ¿Vivo la alegría de saber quién soy yo para Jesucristo? ¡Esto es la fe!





