

En el mundo de las confrontaciones, debería aparecer la luz de los “acuerdos” gestionados con diálogo transparente, con motivaciones sinceras y con la esperanza de afrontar situaciones conflictivas en la vida familiar, social, política, religiosa, etc. ¡Qué importante es dialogar y ponerse de acuerdo!.
Las bravuconadas de los prepotentes, la humillación de los vulnerables y los enfrentamientos encadenados solo ayudan a quienes disfrutan con el conflicto, y sacan réditos económicos o ideológicos… por el “divide y vencerás”, “difama y algo quedará” y “sálvate a ti mismo”.
Otra cosa es mirar “de frente” a quien piensa diferente y mirar “juntos” el bien de los demás, por encima de agendas egocéntricas y de argumentos descalificantes. Para ello necesitamos sinodalizar nuestra vida eclesial, armonizar los desafíos familiares, desarmar los corazones y las palabras… y dialogar, escuchar, orar, caminar… lo más “unidos” que podamos…
Recuperemos la primera persona del plural, el sentido de comunidad y la capacidad de mirar juntos el mismo horizonte con los ojos del Nazareno, para fortalecer nuestras opciones y nuestras decisiones… juntos, unidos, hermanados… en nombre de Jesucristo, y con su manera de amar, servir y orar.
La misión del siglo XXI no solo está en lo que hacemos, sino en el “cómo, con quién y dónde” lo hacemos. Ni mirar para atrás mientras damos pasos adelante, ni caminar sin-sentido, ni paralizarse sin-esperanza… Más bien, con la energía del “nosotros”, con la persistencia de los “descartados”, con la sabiduría de los “humildes”, y con la oración de los “re-unidos”… en nombre de quien nos une y con el corazón de quien nos acompaña… Jesucristo.
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