
“Dijo Jesús a sus discípulos: ‘El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga’ “ (Mt 16,24)
Con tanta insistencia en el “individualismo y en el egocentrismo”, es difícil renunciar a la idea de fabricarnos un espejo para la autocomplacencia, o no caer en la tentación de construir un escenario para exhibir nuestros éxitos, o inventar un atractivo perfil virtual para ocultar nuestro rostro inexpresivo. De hecho, estamos muy pendientes de la cantidad de “seguidores” en las redes de nuestros perfiles o/y descubrir algún famosillo a quien seguir, con sus estridencias y propuestas de seudofelicidad.
Jesús no pretende ser un influencer religioso, …para nada… Es el “testigo” del Padre, el “enviado” por el Espíritu y el “servidor” de su pueblo, anhelante de libertad, paz, justicia y fraternidad.
Así como Jesús no se sigue a sí mismo, sino al Padre, tampoco nosotros podemos perseguir nuestra supuesta santidad narcisista, sino la entrega a la causa y las consecuencias de ser discípulos de Jesús, artesanos de la paz y constructores del Reino. Esto implica renunciar a la búsqueda de nosotros mismos, a ser el centro del mundo, a vivir autorreferenciados con el placer, o a desconectarnos de la solidaridad, para estar conectados a la red wiffi de yo-soy-lo-único-importante-para-mí.
Quizá haya que romper el espejo que nos impide mirar a los demás. Quizá haya que renunciar a tanta egolatría que nos aleja de la empatía. Quizá tengamos que hacer una reingeniería del corazón para hacerlo sismoresistente al abuso generalizado y a la injusticia global. Quizá el centro de nuestra vida esté en la periferia y lo esencial en la sencillez. Quizá lo más religioso de nuestra vida está en lo más humano de lo mundano y lo más solidario de lo marginado. Quizá la cruz que redime es la que cargamos con los cristos de nuestro siglo. Quizá lo más sano de nuestra fe sea extirpar los escrúpulos religiosos que nos hacen amargados… quizá…
Y es que… lo más hermoso del seguimiento a Jesucristo está en “su amor” reactivando nuestro corazón, y en “su llamada” a caminar -incansablemente- como migrantes del Reino de Dios.





