
“Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos'' (Mt 18,20)
En el mundo de las confrontaciones, debería aparecer la luz de los “acuerdos” gestionados con diálogo transparente, con motivaciones sinceras y con la esperanza de afrontar situaciones conflictivas en la vida familiar, social, política, religiosa, etc. ¡Qué importante es dialogar y ponerse de acuerdo!.
Las bravuconadas de los prepotentes, la humillación de los vulnerables y los enfrentamientos encadenados solo ayudan a quienes disfrutan con el conflicto, y sacan réditos económicos o ideológicos… por el “divide y vencerás”, “difama y algo quedará” y “sálvate a ti mismo”.
Otra cosa es mirar “de frente” a quien piensa diferente y mirar “juntos” el bien de los demás, por encima de agendas egocéntricas y de argumentos descalificantes. Para ello necesitamos sinodalizar nuestra vida eclesial, armonizar los desafíos familiares, desarmar los corazones y las palabras… y dialogar, escuchar, orar, caminar… lo más “unidos” que podamos…
Recuperemos la primera persona del plural, el sentido de comunidad y la capacidad de mirar juntos el mismo horizonte con los ojos del Nazareno, para fortalecer nuestras opciones y nuestras decisiones… juntos, unidos, hermanados… en nombre de Jesucristo, y con su manera de amar, servir y orar.
La misión del siglo XXI no solo está en lo que hacemos, sino en el “cómo, con quién y dónde” lo hacemos. Ni mirar para atrás mientras damos pasos adelante, ni caminar sin-sentido, ni paralizarse sin-esperanza… Más bien, con la energía del “nosotros”, con la persistencia de los “descartados”, con la sabiduría de los “humildes”, y con la oración de los “re-unidos”… en nombre de quien nos une y con el corazón de quien nos acompaña… Jesucristo.





